Introducción
La posibilidad de compartir experiencias culturales afines dentro de nuestras propias sociedades,
puede hacernos ignorar la coexistencia con numerosas tradiciones culturales, las que aun haciendo
parte de nuestro cotidiano permanecen ajenas, extrañas, llegando a interpretar a esas otras visiones
de mundo como anacrónicas y contradictorias, hasta reducirlas a realidades problemáticas.
Orientadas bajo este enfoque, nuestras ciudades se han ido tornando espacios que albergan una
heterogeneidad no dialogante, relegada en sus identidades a circuitos acotados. Desde allí
elaboramos imaginarios construyendo suposiciones sobre lo que vemos, sobre aquellos “extraños
otros” que se nos cruzan, o de quienes algo nos han contado.
La entrada a un nuevo milenio estremeció al mundo. Los fuertes impactos siguieron a sucesivas
transformaciones políticas, económicas y sociales. Conflictos bélicos, vastos procesos de
desterritorialización y desplazamientos migratorios, desbordes tecnológicos e incesantes flujos de
capitales, que transforman sustantivamente el rol de los Estados, son fenómenos que traspasan todas
las fronteras, alterando de tal forma el estilo de vida de las personas, que la desintegración y la
renovación, la certeza y la contradicción, el asombro y la angustia, nos arrastra cual vértigo de
paradojas.
En este nuevo escenario, las demandas de las minorías étnicas, tanto reivindicativas como de acceso
a derechos de participación social, se han dado junto al recrudecimiento de antiguas formas de
discriminación, prejuicio y exclusión, resucitando en el ámbito de las ciencias humanas o sociales,
tópicos conceptuales como el de la etnicidad, multiculturalismo e interculturalidad (Margulis 1977:33-
34)
En términos generales, una minoría étnica es entendida como “un grupo de personas que comparten
ciertas características físicas y culturales distintivas”, teniendo serias dificultades al encontrarse al
interior de sociedades, que en condición mayoritaria, expone a tales grupos a sufrir discriminación y
prejuicios por parte de los grupos culturales dominantes (Ceballos, J. G.,1997:443)
Históricamente los Rom (Gitanos), considerados como grupo étnico diferenciado [1] y minoritario, han estado insertos en sociedades dominantes, en medio de imaginarios que van desde la fascinación al
abierto rechazo. Su particular condición de Pueblo disperso y sin la adopción por constituir Estado, le
ha significado múltiples dificultades, principalmente para ejercer derechos de ciudadanía. Suelen
recibir el trato de “Extranjeros”, “advenedizos”, en palabras de ellos, de “recién llegados a donde quiera
que vivamos”, agregando que incluso, “se llega a los extremos de negarnos nuestra misma etnicidad e
identidad cultural.”
Lo cierto es que explicaciones parciales e incompletas, basadas más en la ignorancia y en el
desconocimiento, han dado fundamento a los Estado-naciones, y a sus respectivas sociedades, para
desconocer los intrincados hilos históricos que nos hermanan con esta milenaria cultura de los romá,
o sea, de los gitanos. Sus prácticas y tradiciones se sustentan en un nomadismo estructural,
articulando una compleja y riquísima trama cultural, con una opción civilizada de proyección
transnacional, siendo el amor por la vida y la libertad sus mayores estímulos y referentes.
Entre dominaciones, denominaciones y etnónimos, el comienzo de una historia.
La sola mención del etnónimo “gitano” suscita toda suerte de comentarios. La literatura ha recogido
tipologías y perfiles contribuyendo a transportar imaginarios, en gran parte desfavorables. Así, “gitano”
se asocia con “vagabundo”, “antisocial”, “violento”, “embustero”, “charlatán”, “sucio”, “ladrón”. En el
mejor de los casos, éste aparece vinculado a lo “exótico”, unido a vagas expresiones que oscilan
entre la romantización y el misterio [2].
En materia de género, la romni o mujer gitana, no ha estado exenta de similares apelativos. Y más
aun, dado el rol que juega al interior de la familia y que le demanda mayor contacto con el mundo nogitano,
sea por leer la buenaventura o la suerte, como por actividades vinculadas al hogar. La
tradicional vestimenta de la mujer romni permite, entre variados aspectos, contar con otra lectura
interpretativa de la corporalidad, pero que en su singularidad, la expone al hostigamiento y a la
discriminación.
Dos aspectos han venido a modificar esta suerte de tipología y categorizaciones recargadas de
imaginarios negativos, comprensibles, claro, sólo al tenor de los contextos históricos-temporales. En
primer lugar, ha influido un proceso de relectura crítica realizado desde el mundo gadyé (no-gitano),
pero también y principalmente, debido a la apropiación que los propios rom (gitanos) vienen haciendo
de la lengua escrita, de espacios organizativos, así como de una visibilización y difusión de su propia
cultura. Se trata de un proceso no ajeno a trabas y cortapisas provenientes de ambos mundos, no
obstante, el ánimo por superar las dificultades y fortalecer sus dinámicas organizativas, les ha
permitido ir reelaborando, desde el sí mismo, su propia lectura histórica, contrastándola con la
oficialidad tenida hasta ahora.
Cuentan que siendo originarios del centro de la India, en el noroeste, específicamente en la región de
Luristhan, inserta hoy en el corazón del estado de Rajasthan, entre las llanuras del Pundjab y
Cachemira, el Pueblo Rom habría iniciado su diáspora hacia el 900 A.C Precisamente su antiguo
etnónimo de “lurí” derivaría de la región de Luristhan, tierras de asentamiento de las tribus Lurí y Dom,
las que al ser invadidas por el imperio de Mahmud Gani y forzados a la esclavitud, crearon el
gentilicio “Gae”, para llamar así a los opresores, vocablo que se habría perpetuado en el tiempo,
derivando en “gadyé”, para señalar a los no - gitanos, en plural, y gadyó, o sea no-gitano, para
referirse en singular. En España y sur de Francia, el no-gitano es llamado de “payo”. Sería durante
este trecho, de un camino con ya más de mil años, cuando los etnónimos “lurí y Dom” vendrían a ser reemplazados por el de Rrom, en singular masculino, Rromni, para el singular femenino y Rroma para indicar el plural.
Aproximadamente hacia el S-XIV iniciaran los primeros desplazamientos hacia la península Balkánica,
tiempo que nos habla de sucesivos movimientos migratorios a causa de incesantes persecuciones,
conflictos bélicos, y recurrentes intentos de asimilación forzada. Tales hechos, y como veremos más
adelante, anteceden largamente a las ocurridos bajo el régimen nazi, los que junto con dar cuenta
sobre las reiteradas prácticas etnocidas y de exterminio sufridas por el Pueblo Rom, nos revelan
vínculos bastante más directos con nuestros propios procesos históricos locales.
Durante la pasada Conferencia Mundial Contra el Racismo, efectuada durante el mes de septiembre
de 2001, en Durban (Sudáfrica), diversas organizaciones romá provenientes de los distintos
continentes, manifestaron de manera conjunta, su disconformidad respecto a la denominación con la
cual se venía haciendo referencia al pueblo gitano en los documentos elaborados por las diversas
Comisiones participantes. En esa oportunidad replicaron con fuerza a la segmentación que se ha
venido haciendo del Pueblo Rom, al denominarlo indistintamente como “pueblo gitano”, “romá”,
“romanies”, “gypsy”, “sinti o nómadas”, haciendo parecer con ello, “como si se tratara de pueblos
diferentes, unidos por problemas similares.”
A través de sus organizaciones demandaron respeto “al único nombre por el que los gitanos de todo el
mundo queremos ser conocidos e identificados, que es el término ROMA, con acento tónico en la ‘a’,
como palabra aguda, plural del nominativo ROM y que quiere decir GITANOS”. Aclararon en esa
oportunidad, que es “a partir de este sustantivo, y de acuerdo con la declinación a que el término está
sujeto en la lengua gitana [vale decir, la lengua romané o romanó] que se puede utilizar la expresión
romaní, como el genitivo femenino singular, la que literalmente quiere decir ‘de la gitana’, o ‘lo que es
propio de la comunidad gitana’,” siendo el genitivo masculino ‘romanó’.
Los Rom en Nuestra América, historias por conocer.
“(...) por el tenor de la presente Pragmática y los declaramos rebeldes, contumaces y bandidos
públicos. Y permitimos, que cualquier persona de cualquier estado y condición sea, pueda
libremente ofenderlos, matarlos, y prenderlos sin incurrir en pena alguna, trayéndolos vivos o
muertos ante los jueces de los distritos donde fuesen presos o muertos. Y que pudiendo ser
habidos, sean arrastrados, ahorcados, y hechos cuartos, y puestos por los caminos y lugares
donde hubieren delinquido, y sus bienes sean confiscados para nuestra Cámara”.
Pragmática de 1743 [Documentación Selecta Sobre la Situación de los Gitanos Españoles en el
Siglo XVIII. Biblioteca de Visionarios, Heterodoxos y Marginados. Madrid]
La historiadora española María H. Sánchez, quien realizara un exhaustivo trabajo de recopilación
histórica, en el contexto Centroeuropeo, en un período que va desde el siglo XV hasta el XX, señala
haber encontrado de manera generalizada “los argumentos” y “el cliché” esgrimidos por “los nogitanos”
repitiéndose “machaconamente”, y expresados en lo que llama una “repulsa, mezclada al
mismo tiempo con una cierta fascinación”.
Refiriéndose a una suerte de “construcción histórica del estereotipo gitano”, cuenta que éste oscila
entre “la mezcla de curiosidad y recelo que inspiran a los no - gitanos, la reputación de astutos, las
quejas por su falta de respeto a la propiedad ajena, las prácticas hechiceriles y engaños” agregando
que tras sucesivas revisiones aparecen siempre “las mismas quejas repetidas monótonamente, las
mismas descripciones adversas que han llegado a formar un persistente estereotipo.” [3]
Tales prejuicios y visiones estereotipadas se habrían ido entretejiendo tras siglos de una historia oficial
no neutral, por tanto no exenta de sesgos y miradas parciales. Recientes procesos deconstructivos,
habrían ido evidenciando el drama de un tratamiento de alteridad, donde el miedo al “otro”, al diferente, al extraño, habría traspasado fronteras, entorpeciendo hasta hoy un auténtico encuentro con la cultura
romá, cuestión que comienza a ser asumida por nuevas generaciones, tanto de “gitanos” como
“no-gitanos”, cuestionado imaginarios sociales que, no pocas veces, actúan cual infranqueables
barreras que separan ambos mundos ¡Cuídate que ahí vienen los gitanos! ¡Cuidado que se roban a
los niños!... ¡Si no te comes la comida, te van a llevar los gitanos!
Por otra parte, la permanente intolerancia que les ha rodeado, les ha llevado a generar una serie de
estrategias de sobrevivencia y de resistencia a modo de refugio, las que se traducen principalmente,
en mecanismos de resguardo al prejuicio y a la discriminación. Entre todas ellas, el “no hacerse notar”,
ha implicado serias dificultades para llegar a constituirse en sujetos de derecho, contando con muy
pocos espacios para acceder y/o a demandar servicios propios de las poblaciones mayoritarias en que
se encuentran, amalgamándose con lo que hoy historiadores y organizaciones romá califican como
“invisibilidad histórica.”
Antecedentes recopilados por un colectivo gitano en España, afirman “la presencia gitana” en nuestro
continente ya en el siglo XV, durante la persecución iniciada por los Reyes Católicos contra los gitanos,
como parte de las “medidas estratégicas” [4]] para unificar el territorio a través de la lengua y la religión.
Parte de tales “medidas” habrían consistido en enviar “a las chicas gitanas entre 15 y 16” años de
edad al continente americano, a fin de “casarlas con indios y mestizos”, en tanto “los chicos”, habrían
sido enviados “a las islas, donde se casarían con indígenas” (Rodríguez et al, 2000: 6-12)
En referencia a estos y otros hechos, Ana Jiménez Adelantado, ha señalado que: “(...) la historia de
los gitanos ha sido una historia oculta e infravalorada (...) marcada por una persecución institucional,
por las torturas y la exclusión, y por los intentos constantes de asimilación de una minoría (...)
Supervivencia física y cultural. Ésta ha sido su consigna.” [5]
La I Guerra Mundial traería una nueva oleada de persecuciones y muertes. Sin embargo, la que
permanece con mayor arraigo en la memoria de los rom de todo el mundo, fue la producida durante la
II Guerra, donde “al menos medio millón de gitanos” habrían sido asesinados bajo el régimen nazi.
Después del Holocausto, el Pueblo Gitano iniciaría un nuevo camino tendiente a tomar una más sólida
y profunda conciencia de su propia personalidad cultural, de su unicidad como pueblo, más allá de las
fronteras y las distancias. [6]
También Hijos de la Pacha Mama [7]
Separados tempranamente de sus familias, traídos en galeras para cumplir oficios de herrero y
artesano, en familia, huyendo de la Inquisición y la represión de la Corona, llegaron a América con
anterioridad a la formación de las Repúblicas, llamadas hoy Estado-naciones, “(...) los Rom somos
preexistentes a muchos proyectos estatales actuales(...)”
Con fecha del 12 al 16 de marzo del 2001 en Quito, Ecuador, se llevó a cabo un Cónclave
Continental, con participación de diversas ONG’s vinculadas al mundo indígena, pero también, con
participación de representantes del Pueblo Rom de Las Américas. Este encuentro dio inicio a la
formación de la SKOKRA, Consejo de Organizaciones y Kumpania Rom de las Américas, diseñando
planes de trabajo y elaboración de propuestas y demandas.
Quedó claro durante aquél encuentro, que la presencia romá en nuestro continente es tan antigua
como la de muchas comunidades reconocidas hoy como afrodescendientes y pueblos originarios. Esto
aunque, como ellos mismos señalan, “nuestro ancestral nomadismo e itinerancia nos haya vedado la
posibilidad de controlar territorios” cuestión que para las organizaciones romá,“no implica
necesariamente que nuestro pueblo sea considerado menos americano que otros pueblos, máxime si
se tiene presente que nunca hemos tenido una especie de patria como referente”
Lo cierto es que su presencia en América Latina confirma ser mucho más antigua de lo que se ha
creído. En un reciente trabajo historiográfico realizado en Colombia, encontramos antecedentes que
mencionan “a cuatro Rom, Antón de Egipto, Catalina de Egipto, Macías de Egipto y María de Egipto,
como parte de la tripulación del tercer viaje de Cristóbal Colón en 1498” (Gamboa, J., Gómez et
al,2000: p.17)
Por otra parte, este seguimiento de corte historiográfico a una trayectoria poco conocida, ha traído
nuevas preguntas en torno a nuestras propias historias pre-republicanas, donde pese a los
persistentes intentos de la Corona española por controlar los movimientos migratorios al llamado
"Nuevo Mundo", el número de ilegales, o “llovidos”, como les denominara la legislación de entonces,
arribaron personas en tal número que habrían llegado a sobrepasar los ingresos autorizados
conforme a las disposiciones legales de la época. La burla a los controles coloniales habría sido tan
diversa y gozado de tal creatividad, que contempló “desde el cambio de nombres y apellidos, pasando
por la compra de autorizaciones falsas, hasta el hacerse pasar por criados de nobles y burócratas” o,
en su defecto, esto se habría efectuado ingresando “a través de las colonias de Portugal, Inglaterra,
Francia u Holanda.”
De tal manera que entre “los llovidos” de entonces, se encontraban diversos extranjeros, moros ,
judíos, y también los rom. [8]
En documentos de la PROROM (Proceso Organizativo del Pueblo Rom de Colombia) encontramos el
cuestionamiento ante las escasas y casi inexistentes referencias históricas sobre los Rom en América
Latina, señalando con posterioridad que pudieran darse dos explicaciones. La primera guardaría
relación directa “con las incesantes persecuciones de que éramos víctimas (...) [si se considera
incluso que ] los gobernantes hicieron ingentes esfuerzos por hacer desaparecer hasta nuestro mismo
etnónimo”. De hecho, los referentes historiográficos encontrados revelan el afán integracionista y
asimilacionista de la Corona, llegando al extremo de prohibir hasta la utilización del etnónimo
Egiptianos, nombre con el cual harán un primer ingreso a Europa y del cual derivará posteriormente el
de Gitanos.
Por otra parte y ante la severidad de las medidas, la invisibilidad identitaria habría sido el único refugio
como medida de sobrevivencia, puesto que como ellos mismos señalan, “nunca íbamos a manifestar
que éramos Gitanos”. No obstante y desde aquí se habrían articulado singulares prácticas y
estrategias que permitieran la preservación de “valores identitarios”, garantizando la sobrevivencia
“como grupo diferenciado”, alejándose de los sectores de poder y vinculándose “a zonas y poblados”,
donde el ser Gitano no constituyera un peligro ante la necesidad por desarrollar sus “actividades
económicas cotidianas y tradicionales”.
Un pueblo por conocer y reconocer
Actualmente, dos estarían siendo los mayores desafíos para las organizaciones romá de nuestro
continente. “En primer lugar, conseguir que los Estados de la región de manera explícita reconozca
que las disposiciones contenidas en el OIT-169 (Organización Internacional del Trabajo), se aplican a
nuestro pueblo y, en segundo lugar, que guardando una simetría positiva, las normas constitucionales
y legales que en los países de la región protegen la integridad étnica y cultural de los pueblos
indígenas y afrodescendientes, se hagan extensivas a nuestro pueblo.” Esta demanda, como hemos
visto en parte, aparece legitimada por argumentos tanto de orden histórico, legal y antropológico.
Desde sus propias dinámicas organizativas señalan que “El OIT-169 es un instrumento internacional
que, reglamentado explícitamente en referencia al pueblo Rom, brinda garantías para la protección de
nuestros derechos y de nuestra integridad étnica y cultural.”En efecto, en una de las publicaciones de
la propia Organización Internacional del Trabajo, realizada con el propósito de promoción, difusión y
capacitación sobre el OIT-169 y que lleva por título “Los Pueblos Indígenas y Tribales y la OIT”, se lee
el siguiente párrafo: “(...) tribal se utiliza para aquellos grupos que (...) mantienen una estructura tribal
y una afiliación de clan, aún cuando no necesariamente precedieron a otros pueblos” en las áreas que
actualmente ocupan. (OIT, 1995:3).
Este artículo de la OIT puede y debe ser aplicado al pueblo Rom, considerando que éste posee “una
romipen” o identidad étnica y cultural propia, la que entre otros aspectos da cuenta de que: “Se es
Rom por derecho de nacimiento”, que existe una larga tradición nómade así como es propio de todas
las culturas, su transformación y reelaboración en nuevas formas de itinerancia (neonomadismo). Se
cuenta con un origen común y una historia compartida, además de un idioma o lengua propia, el
romané.
La valoración del grupo por edad y el género, actúan como principios ordenadores de estatus,
manteniendo una fuerte cohesión interna y el manejo de un complejo sistema de exclusividades frente
al no- Rom (gadye). Preservan una organización social basada en la configuración de grupos de
parentesco o patrigrupos, donde el sistema social se articula en base a la existencia de linajes
patrilineales, “vitsa”, dispersos, independientes y autónomos. Cuentan con autoridades e instituciones
tradicionales, como “el Shero Rom o Jefe de Familia”, y la “Kriss o Tribunal de Shero Rom” así como
“una Jurisdicción Especial o derecho consuetudinario, llamado Kriss Romaní.”
Cabe añadir a lo anterior que les es propio “el respeto a un complejo y particular sistema de valores:
como una fuerte solidaridad entre los patrigrupos, un intenso apego a la libertad individual y colectiva,
un especial sentido de la estética, tanto física como artística, así como una peculiar interpretación de
los fenómenos naturales”.
Para las organizaciones romá, “el espíritu y propósito originales de la OIT-169 recogen” sus
principales demandas y reivindicaciones. Esperan que la reglamentación de este instrumento jurídico
legal internacional llegue en verdad a traducirse en la elaboración de un “Estatuto de Autonomía
Cultural para el Pueblo Rom”, orientándose, en primer lugar, a garantizar su “integridad étnica y
cultural, y a proteger nuestra cultura y tradiciones propias”. En segundo lugar, aspiran a que con ello
puedan mejorarse sus “estándares de vida y existencia”. En un tercer aspecto, que “se favorezca y
promueva la construcción de fórmulas de relación que no impliquen la asimilación, la cooptación, o lo
que sería más grave aún, la pérdida de sus valores identitarios.”
Para repensar
“Te guste o no, me caes bien por ambas cosas. Lo común
me reconforta, lo distinto me estimula.”J. M.Serrat
Desde las primeras constituciones republicanas el pensamiento liberal se abocó a la tarea de
injertar texturas culturales transplantadas, en busca de permanentes réplicas de experiencias euronorteamericanas.
De esta manera el pensamiento americano asume como propios los supuestos y
prejuicios del pensamiento europeo del siglo pasado, sustentado en el positivismo y reafirmados
en las prácticas discursivas coloniales. Nuestro continente pasa a ser monologizado por un
imaginario de sujeto blanco, masculino, urbano. La otredad comienza a ser construida como el
bárbaro, primitivo, negro, indio, tradicional, arcaico, salvaje, en suma, lo no civilizado. En vez de
construir verdaderos espacios de alteridad, percibimos a la otredad como problema y en la
destrucción de la diversidad, bajo la fórmula, integración = asimilación, nos embarcamos en la
construcción de una mismidad uniformizante, anómica.
En este imaginario social de hegemonía cultural, resulta vital permitirnos cuestionar las
producciones de sentido que fundamentan nuestras prácticas sociales cotidianas. Esto si
convenimos en que la hegemonía, no ha sido ni es una construcción monolítica, sino que ella
transcurre en medio de permanentes y dinámicos enfrentamientos y negociaciones tanto
materiales como simbólicas, condicionadas, a su vez, por complejos procesos históricos,
económicos, políticos y sociales.
Los procesos llamados de modernización en nuestros países requieren de manera especial
reflexión y debate, dando tanta relevancia a los aspectos “macro” como al necesario reenfoque
de aquellos aspectos “vistos”, pero no registrados. El análisis de la realidad social no ocurre en la
asepsia teórica, nuestro refugio en ella sólo delata nuestro pánico a la incertidumbre. Tenemos la
opción de encarar la crisis de la modernidad como una alerta, no sólo como un cuestionamiento
a las pretensiones hegemónicas de un modelo civilizatorio sustentando en una economía que
demanda constante agresión y defensa, también como una nueva posibilidad de construir
espacios que faciliten y promuevan la emergencia de otras, realidades, sentidos y voces
subyugadas, negadas y/o veladas.
El imaginario, de un otro como permanente amenaza, nos gesta desde los inicios, en matrices
republicanas que naturalizan como una necesidad cuasi - ontológica, un imaginario de orden, en un
proceso uniformizante que busca la consolidación a través de prácticas discursivas y acciones de
exclusión, marginación y negación; favoreciendo construcciones sociales sustentadas en el miedo,
instalando percepciones de latente amenaza en el cotidiano.
La metáfora del mosaico con la que el Pueblo Rom se identifica, también ha sido referida por
algunos autores para dar cuenta de la gran diversidad presente en América Latina.
Desgraciadamente, ante ella, la tendencia generalizada ha sido la de interpretarla más como un
escollo que como un vasto potencial de riquezas. Lechner interpela tales miradas señalando que:
“Demasiados años hemos estado denunciando la heterogeneidad estructural de América Latina
como obstáculo al desarrollo, sin considerar que ello podría fomentar una interacción mucho más
densa y rica que la homogeneización anhelada” (Lechner,1990:163)
Para los Rom su particular condición de Pueblo sin estado, no ha sido obstáculo para perseverar en
su voluntad de permanecer en la defensa de su identidad durante siglos. En Europa esto comienza
a ser reconocido despertando, no sólo la solidaridad sino que, además, el compromiso de
diferentes organizaciones sensibilizadas con el tema.
Expresión de ello puede leerse en las
palabras del Nóbel alemán Günter Grass: “Dejemos al medio millar de Sintis y Romanis vivir entre
nosotros. Tenemos necesidad de ellos. Pueden ayudarnos a perturbar un poco nuestro orden.
Alguna cosa de su manera de vivir podría contagiarnos. Ellos podrían enseñarnos que las fronteras
no tienen sentido: puesto que sin atender a tales barreras, Romanis y Sintis están en casa en toda
Europa. Ellos son lo que nosotros tanto proclamamos ser: ciudadanos de Europa.”
(Grass.G,1992:97-108) [9]
Estimo que, aun cuando el propósito de este trabajo fuera el de abordar ciertos aspectos
concernientes al Pueblo Rom, bien pudiera ser interpretado como un encuentro reflexivo con nuestras propias necesidades de espacios más abiertos al diálogo y a la comunicación con el otro.
Esto necesariamente nos exige reconocer que habitamos no sólo espacios físicos, sino que
también diversos horizontes de sentido, a la vez que nos obliga a enfrentarnos con: “(...)aquellos
prejuicios cómodos, o los prejuicios reconfortantes, que nos hacen creer que nuestra sociedad,
nuestro sistema político, nuestras costumbres, nuestra forma de hablar la lengua, nuestro grupo,
nuestra iglesia, nuestras creencias, nuestro régimen de propiedad, nuestra forma de educar, son
superiores por el mero hecho de ser nuestros. Poner en cuestión lo propio supone un buen nivel de
valentía y entereza intelectual que no surgen espontáneamente” [10]]
El próximo día 8 de abril, Día Mundial del Pueblo Rom, [11] miles de personas pertenecientes a este
Pueblo y que hoy habitan los más diversos países, se han propuesto, junto con recordar la
diáspora milenaria y su andar por el mundo, representar mediante flores y velas encendidas en los
principales ríos del mundo a aquellos que han padecido el flagelo de la guerra y la intolerancia
étnica.
El Ganges en la India, el Danubio en la República Federal de Yugoslavia y en Rumania, el Sena en
Francia, el Jordán en Israel, y el río de la Plata en Argentina, son sólo ejemplos de la dimensión
mundial de este verdadero acto poético y conmemorativo que lleva el nombre de “Ceremonia del
Río”. Debido a la importancia que tiene el agua para cualquier persona que inicie un camino, y a
su curso que avanza sin distinción de fronteras establecidas por el hombre, es que el río se ha
convertido en el elemento central de esta conmemoración.
En un nuevo siglo en que renacen actitudes racistas y xenofóbicas, la mejor respuesta parece ser
la construcción de una solidaridad hacia fuera y la razonable abdicación de lo nacional hacia
adentro. Quizás a partir de aquí, pudiésemos intentar caminos de encuentro, verdaderos espacios
de entendimiento con el “otro”, nuevos climas de alteridad que den oídos a los milenarios versos
del poeta, un buen referente para toda condición humana:
“...Que llegué como el viento, viví como el ave y me iré como el agua...” [12]
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