Creo que en los últimos tiempos estamos demasiado acostumbrados a que las noticias sobre las lenguas de España aparezcan en las páginas de los periódicos dedicadas a política. Esto es un hecho sintomático de que en España tenemos trastocado el papel de las lenguas y de que quizá estamos habituándonos a que se utilicen como ariete de reivindicaciones políticas. Sin embargo, para quienes admiramos esa facultad tan asombrosa y maravillosa que es el lenguaje, esa facultad específicamente humana que tantos progresos ha permitido a nuestra especie, resulta verdaderamente desoladora esta utilización espuria de las lenguas como armas de reivindicación política.
Por ello, deseo criticar a quienes utilizan esta facultad humana del lenguaje con esos fines y mostrarme como todo aquel que ama su lengua materna, abierta a todas las lenguas que se hablan en España, absolutamente respetuosa con la dignidad de cada una, pero considerando el alto valor que tiene el español como lengua de intercambio. Intentaré demostrar que ese uso de las lenguas para levantar barreras pervierte los rasgos esenciales de las lenguas; que esa instrumentalización política es un fenómeno relativamente reciente, el cual, aunque nos parezca propio y normal de la situación de contacto de lenguas, no tiene por qué ser así ni lo ha sido a lo largo de la larga historia de convivencia de lenguas en España; y que esa utilización de las lenguas con fines políticos también es ajena a los intereses de los hablantes y, a veces, incluso contraria a ellos. Finalmente, como en todo discurso que utiliza las lenguas con fines políticos hay algunas palabras clave, me centraré en analizar, sobre todo, el concepto de lengua propia.
Parto de la consideración de que las lenguas cumplen una función importante para el ser humano, y que su aparición no es caprichosa ni azarosa; por el contrario, los expertos y filólogos que han estudiado el fenómeno lo han interpretado como una necesidad adaptativa de la especie. El lenguaje humano surgió hace decenas de miles de años, si bien no sabemos exactamente cuándo. De hecho, esta cuestión ha sido durante mucho tiempo prácticamente imposible de estudiar, puesto que el lenguaje no deja rastro visible ni material hasta que se inventa la escritura, fenómeno muy posterior y accesorio al propio fenómeno lingüístico. Hasta tal punto llega la dificultad de estudiar los orígenes del lenguaje que, por ejemplo, a finales del siglo XIX (1866) la Société Linguistique de París prohibió cualquier comunicación, conferencia o artículo sobre el asunto, empleando el argumento de que era un fenómeno que, simplemente, no se podía estudiar, por lo que no valía la pena discurrir sobre él.
A pesar de ello, en los últimos años -en la última década, sobre todo- se ha despertado un gran interés por el tema del origen del lenguaje, y cada vez vamos conociendo más cosas. Así, por ejemplo, sabemos con certeza que hace 40.000 años (época de las primeras pinturas rupestres) existía con certeza el lenguaje humano, puesto que, para llevar a cabo esos trabajos, es necesaria la existencia de una mente pictórica y, por lo tanto, dotada de lenguaje. Sin embargo, los científicos y paleontólogos que trabajan en el yacimiento de Atapuerca realizaron hace no más de tres años un descubrimiento sorprendente para ellos mismos; concretamente, encontraron fósiles del oído humano que demostraban que el órgano de aquellos homínidos era muy parecido al nuestro. Este dato resulta muy importante, porque el oído es un órgano muy adaptado a las necesidades de la especie; por ejemplo, las frecuencias en las que se capta la voz humana son muy distintas de aquellas en las que se captan los gritos de los chimpancés, los cuales, sin embargo, son bastante parecidos a nosotros genéticamente hablando.
Por tanto, este hallazgo podría hacer pensar que en esos homínidos de hace 300.000 años ya existía esa facultad humana del lenguaje. En efecto, Juan Luis Arsuaga se propone demostrar que los treinta cadáveres que se han encontrado en la Sima de los Huesos están reunidos ahí por algún rito de tipo religioso, lo cual, en el caso de que lograra confirmarlo, demostraría efectivamente la existencia y antigüedad del lenguaje, ya que, para llevar a cabo esos ritos religiosos, también sería necesaria la comunicación.
Pues bien, al menos desde hace 40.000 años -pero tal vez desde hace 300.000- el lenguaje humano ha desempeñado dos funciones primordiales, en cuya esencia no han variado: primero, permitir a los seres humanos conocer el mundo y, segundo, comunicarse. Conocer el mundo en aquellas épocas remotas constituía una información esencial para la supervivencia. Hay que pensar que aquellos seres humanos prehistóricos se enfrentaban cada día a la batalla de la supervivencia mucho más de lo que nosotros lo hacemos en las sociedades actuales; en ese contexto, la función de conocimiento que permitía el lenguaje proporcionaba una información que resultaba, en muchos casos, vital. Por su parte, la otra función primordial del lenguaje permite al ser humano comunicarse con sus iguales e intercambiar también esta información del mundo que les rodea.
Estos dos rasgos primordiales han conformado de tal manera la esencia de las lenguas -lo que llamo "el carácter de las lenguas"-, que siguen presentes actualmente en la práctica totalidad de los hablantes. Estos rasgos y su fuerza imperiosa, esta necesidad de la comunicación, se pueden comprobar hoy día, por ejemplo, en las zonas fronterizas de Brasil con los países de habla hispana, donde en muchos pueblos la gente ha desarrollado a ambos lados de esa frontera política o administrativa un habla cuyos usuarios no saben muy bien si es español o portugués; de hecho, se considera una lengua de las llamadas "criollas", y ha recibido el nombre de "portuñol" o "brasileiro".
Se trata de un habla que, por encima de todo, está al servicio de la comunicación de personas que viven cerca, vecinos que, a pesar de la frontera administrativa, tienen necesidad de comunicarse y buscan un instrumento para ello. El fenómeno de las lenguas criollas -que se ha producido a lo largo de la historia en numerosísimas ocasiones- demuestra que para las lenguas no existen fronteras, porque generalmente éstas estorban a la comunicación, hecho que, si bien está presente en el lenguaje desde tiempo inmemorial, hoy día -en el mundo globalizado en el que vivimos- cobra todavía mayor importancia.
Las teorías lingüísticas recientes (generativistas y racionalistas) nos hablan de que el lenguaje, mucho más que un fenómeno cultural, es un hecho natural. Dichas teorías nos dicen que hay en todos los seres humanos unos rasgos innatos -todos los tenemos al nacer- que nos permiten el aprendizaje de cualquier lengua. Cuando un bebé nace, está dotado para entender y reproducir los sonidos de cualquier lengua, aunque esta habilidad se pierda con el tiempo; igualmente, está dotado para aprender también las estructuras sintácticas y morfológicas de cualquier lengua. Esto llevó a Noam Chomsky a formular el concepto de Gramática Universal.
Según esta idea, existe, por un lado, una facultad innata del ser humano para adquirir el lenguaje, algo que llamamos "aprender a hablar" pero que no es exactamente un aprendizaje, sino un desarrollo de unas potencialidades que están ahí desde que esa persona nace. Por otro lado, la Gramática Universal representa algo que Chomsky y muchos otros lingüistas han buscado con mucho ahínco en el último medio siglo; me refiero a los llamados "universales lingüísticos", rasgos comunes que comparten todas las lenguas del mundo y que hace que lingüistas como Chomsky, por ejemplo, se digan: "¿El francés? ¿Y eso qué es? No existe tal cosa".
En efecto, Chomsky está convencido de que lo que existe es esa Gramática Universal, es decir, cualidades comunes que comparten todas las lenguas, pero que, a veces, menospreciamos porque las diferencias entre unas lenguas y otras son muy visibles. Así, por ejemplo, todas las lenguas del mundo tienen sujeto, verbo y objeto, algo que puede parece muy elemental; sin embargo, si pensamos en otros lenguajes como el musical, nos daremos cuenta de que en las partituras musicales no existe ningún sujeto ni nadie busca verbo alguno, porque esos rasgos son específicos del lenguaje humano.
Finalmente, todas las lenguas humanas son sistemas combinatorios discretos, es decir, hay un número limitado de elementos que se combinan con posibilidades infinitas, lo que convierte cada acto de habla en un acto de creación casi único e individual. Este concepto de Gramática Universal que elabora Chomsky le lleva a decir que, si un científico marciano aterrizara en la Tierra, consideraría que sólo hay un único lenguaje humano con diferencias meramente marginales.
Además de estos factores estructurales, intrínsecos y comunes a todas las lenguas, y de las dos funciones señaladas (servir a los hablantes para conocer el mundo y comunicarse), todas las lenguas tienen idénticas potencialidades expresivas. En efecto, no se conoce ninguna comunidad humana a la que, de hecho, se le haya tenido que enseñar a hablar. La observación puede parecer evidente, pero tiene bastante importancia porque a lo largo de la historia ha habido civilizaciones más desarrolladas o evolucionadas que, de repente, han descubierto otras civilizaciones que no conocían la navegación, determinadas técnicas de construcción, etc. Sin embargo, todas las comunidades humanas -por muy atrasado que fuera su desarrollo en otros aspectos- estaban dotadas siempre del lenguaje. Incluso las teorías cognitivas del lenguaje, que contradicen en algunos aspectos la gramática generativa de Chomsky, coinciden en esos factores universales de las lenguas sobre ese armazón común, sobre esa base lingüística de la que estaba dotado el puñado de lenguas que existió inicialmente.
Llegamos así a otro asunto sobre el que los lingüistas han debatido durante siglos: ¿existió una lengua original, o, por el contrario, fueron varias? Hoy día se tiende a aceptar, más o menos, que hubo entre media docena y una docena de lenguas originales, de las que surgió la diversidad lingüística actual (entre cinco mil y seis mil lenguas). Toda esta diversidad lingüística está motivada, por una parte, por unos pequeños factores lingüísticos que son la voluntad de cambio (por ejemplo, los cambios que introduce cada nueva generación en la lengua que hereda) y, por la otra -y sobre todo-, por factores extralingüísticos como las migraciones de los pueblos a través de todo el planeta y el relativo aislamiento en el que, cuando las comunicaciones no eran tan fáciles como ahora, fueron quedando algunos pueblos. Por ello, los pueblos que se van separando son los que van dando origen a la diversidad lingüística.
Sin embargo, muchos tenemos todavía en la cabeza el mito de Babel, que nos dice justamente lo contrario: Dios separó las lenguas de los hombres y, con ello, los pueblos. Pues bien, la investigación lingüística demuestra que ocurrió justamente lo contrario, que la diversidad de lenguas que existe actualmente en el mundo es fruto en gran medida del azar, de circunstancias casuales. Sin embargo, sobre esas teorías babélicas y, sobre todo, basándose en las teorías románticas que vinculan las lenguas a un espíritu nacional, a un espíritu de los pueblos, los románticos definen comunidades que consideran naturales: las comunidades definidas por las lenguas. Es decir, en las teorías románticas, la lengua compartida por un grupo de seres humanos condiciona un determinado espíritu, un determinado carácter que, a la postre, es el fundamento de las naciones. Son teorías que en su momento tuvieron su eficacia en determinados procesos nacionales como el alemán o el italiano, pero hoy día, como teorías románticas que son (alimentadas en gran medida en la irracionalidad y en lo sentimental) están descartadas en muchos aspectos.
En realidad, si uno se detiene a pensarlo durante algunos minutos, creer que una lengua define una comunidad nacional es en el fondo un ejercicio de voluntarismo, puesto que hay muchos países en el mundo donde se hablan varias lenguas; y también, lenguas que se hablan en varios países. Por ejemplo, el castellano es una lengua que se habla actualmente en una veintena de naciones; asimismo, España es un ejemplo de país en el que se hablan diversas lenguas. Por lo tanto, resulta difícil sostener el argumento de que las lenguas crean esas comunidades nacionales. Sin embargo, son teorías que tienen un elevado interés político, porque vinculan algo natural (la lengua) a una entidad de carácter artificial (la nación), y, de alguna manera, ese hecho natural del lenguaje da una justificación a esa entidad artificial que es la nación. Ahora bien, no hay más que echar cuentas: en la ONU apenas hay registrados doscientos países, pero en el mundo se hablan, sin embargo, unas cinco mil o seis mil lenguas. Es decir, resulta bastante difícil sostener esa identificación entre lengua y nación.
Esa identificación tiene en España, históricamente, sus particulares defensores: los nacionalismos y, durante muchos siglos, la Iglesia. Históricamente, la Iglesia ha defendido la predicación en lengua vernácula no como un derecho, sino como un deber, dado que la predicación en esas lenguas representaba un pilar doctrinal de la Iglesia basado en el mito de Babel y en la narración del día de Pentecostés, que se relata en Hechos de los Apóstoles. Ese día, fieles que llegaron de todos los lugares de la Tierra -y que, por tanto, hablaban lenguas distintas- acudieron a oír hablar a los apóstoles, a quienes escucharon hablar en su lengua propia. Sobre la base de esa narración -y también de unos criterios de eficacia en la difusión de su mensaje evangélico-, la Iglesia ha defendido durante siglos las lenguas vernáculas, y la existencia contemporánea de la diversidad lingüística en España está ligada también a esa influencia secular de la Iglesia en nuestra historia y en nuestra sociedad.
Esta influencia de la Iglesia se hace muy patente en América durante la época de la colonización, porque los misioneros que eran enviados allí por la corona española para evangelizar a los indios solían aprender las lenguas americanas. A pesar de que exista esa leyenda que califica al español de lengua del imperio, lo cierto es que en el imperio español se hablaban muchas lenguas, y los predicadores y misioneros renuncian a aprender todas las lenguas indígenas americanas cuando se ven desbordados por la atomización lingüística del continente, si bien se dedican a aprender las llamadas "lenguas indígenas mayores", sobre todo el quechua y el nahua. De esta manera, en los territorios americanos españoles ocurre un fenómeno sorprendente que no ha sucedido en ningún otro sitio: cuando termina el periodo de dominación española, las lenguas dominadas gozan de un mayor número de hablantes y de una mayor extensión geográfica que al principio de la colonización. Han atestiguado y explicado este hecho lingüistas como, por ejemplo, Humberto López Morales, mitad cubano y mitad puertorriqueño, y poco sospechoso, por tanto, de defender teorías imperiales o imperialistas.
Lo cierto es que en los más de mil años de convivencia de la lengua española con otras lenguas a su alrededor predominan de forma abrumadora los periodos en los que esa convivencia es pacífica. Cuando ello sucede, los hablantes utilizan las lenguas para servirse de ellas en función de sus intereses. En los siglos XVI, XVII y XVIII, el español es incluso la lengua de moda no sólo en España, sino incluso en toda Europa; es una lengua que disfruta de un prestigio similar al que, en la actualidad, todo el mundo concede al inglés, lengua que mucha gente quiere aprender. Ésa es la explicación de que, por ejemplo, en el siglo XV, pleno Siglo de Oro de la literatura valenciana, haya autores teatrales valencianos que escriben en castellano; ésa es también la explicación de que escritores portugueses, como Camoens o Gil Vicente, escriban una parte de su obra en castellano. Incluso durante los siglos siguientes, entre la alta burguesía de regiones como Cataluña, País Vasco o Valencia hay un interés en aprender esa lengua, que es la llave para los puestos de la administración y del, digamos, ascenso social, de una manera parecida -aunque la sociedad sea distinta- a como en nuestros días el inglés constituye una ventaja laboral, y estudiarlo y conocerlo es algo que nos ayuda en nuestras aspiraciones laborales y, por ello, sociales.
Lo mismo sucedía incluso entre las clases más bajas de los siglos XVIII y XIX, especialmente entre el campesinado, donde más genuinamente se habían mantenido el gallego, el euskera o el catalán en sus regiones respectivas. Los campesinos tenían gran interés en que sus hijos fueran al colegio y aprendieran castellano, porque era la manera de que pudieran llevar una vida mejor de la que ellos habían llevado en el campo. Era la lengua que les iba a proporcionar oportunidades sociales y laborales que los favorecerían en su vida futura. Además, al resultar el castellano una lengua que desde muy temprano, desde la época de la Reconquista, es la de personas de diversa procedencia que se asientan en los territorios recién conquistados -"de los desarraigados", como dijo Ángel López García, un lingüista valenciano que, por cierto, habla las cuatro lenguas de España- porque asumían el riesgo de vivir en zonas fronterizas y quizá conflictivas a cambio de la prosperidad que ello le podía suponer, convive con muy diversas lenguas, primero en la Península y más tarde en América.
Ello multiplica el valor del castellano como lengua de intercambio, algo que se debe en gran medida a que en esa época no obliga a nadie a abandonar su idioma, al servir, casi, de lengua franca. Así, comerciantes valencianos que tenían interés en aprenderlo porque con ello se les abría el mercado de todo el país (incluso el mercado americano) no se sentían obligados a dejar de hablar el catalán, si es que les gustaba más hablar en esa lengua o sentían reforzada su identidad hablándola. Ello se debe a que, de alguna manera, el castellano estaba despojado de rasgos identitarios fuertes y se encontraba muy ligado a ese propósito fundamental de la comunicación.
El discurso nacionalista suele citar los Decretos de Nueva Planta de principios del siglo XVIII como el momento histórico en el que su lengua comienza a ser perseguida. Sin embargo, lo cierto es que las medidas lingüísticas que se adoptaron en esa época comienzan a hacer proliferar una burocracia despachada en las lenguas vernáculas que no hace desaparecer otra corriente de documentos que se publican en las lenguas que hoy llamamos "minoritarias" o "regionales". En cuanto a las leyes educativas, que a menudo se han considerado también destinadas a imponer el castellano, se suele citar la Cédula Real de Carlos III, de finales del siglo XVIII, la Ley Moyano o el Decreto de Romanones (1902). Pues bien, a pesar de todos esos propósitos alfabetizadores de los reyes ilustrados y de las corrientes liberales, que son las que generalmente han defendido la lengua común en España, todavía a principios del siglo XX hay un 60% de analfabetismo en nuestro país, con lo cual, cuando se denuncian esas leyes como leyes que han querido perseguir la lengua, no hay que perder de vista, en primer lugar, que estaban destinadas a alfabetizar a las masas -objetivo que todos estaremos de acuerdo en que considerar noble- y, en segundo lugar, que resultaron bastante ineficaces por ese alto índice de analfabetismo.
Sin embargo, en esos finales del siglo XIX, el nacionalismo -catalán, sobre todo- empieza a reivindicar la lengua y a vincularla a sus aspiraciones políticas. De todos modos, creo que es importante subrayar que quienes inicialmente lo hacen son los grupos catalanistas más reaccionarios -y cuando digo "reaccionarios" aludo a posturas políticas que hoy percibiríamos tan de ultraderecha como estar en contra del sufragio universal-. Me refiero, particularmente, a la Lliga, la cual anuda la reivindicación y el fomento de la lengua vernácula a que los cargos, en la Administración, en la Justicia, etc. se concedan a catalanes, es decir, a los naturales de la región cuya lengua, además, se reivindica. Por su parte, el nacionalismo vasco y el nacionalismo gallego no se apegan tan tempranamente a la lengua como fundamento de sus reivindicaciones, aunque lo irán haciendo con el paso del tiempo.
Llegamos así a la época republicana, en la que se elabora una constitución que, paradójicamente, viene a dar carácter oficial a la lengua castellana en España, cuando hasta 1931 no lo había tenido. En efecto, en ningún documento figuraba de manera expresa que el español fuera la lengua oficial de España. Sin embargo, se empieza a discutir en Cataluña el anteproyecto de estatuto, donde se recoge que la lengua oficial de Cataluña sea el catalán; y en ese momento, cuando los diputados de las cortes están preparando el proyecto de constitución, y de alguna forma alertados ante esa oficialidad del catalán, con la preocupación de que esa postura pudiera dejar desprovistos de sus derechos a los hablantes de castellano en Cataluña, se incluye la consideración del castellano como lengua oficial.
En las Cortes de aquel momento se mantuvieron debates muy interesantes y apasionados, si bien no sobre la conveniencia o no de declarar oficial el castellano -en lo que había acuerdo-, sino sobre el nombre que se le debía dar. Es curioso que en aquella época hubiera diputados -como el mallorquín Gabriel Alomar, que había fundado el partido republicano catalán y era plenamente bilingüe- que, aun proviniendo de regiones con otra lengua además del castellano y gozando de la condición de bilingües, reivindican la españolidad de esas lenguas y el término "castellano", precisamente para que, por llamar español a la lengua española, no se sustrajera la consideración de españolas al resto de las lenguas de España.
En esa constitución de 1931 se garantiza una línea de enseñanza que emplee el castellano como instrumento de aprendizaje, extremo que, sin ir más lejos, no se garantiza en la Constitución de 1978. Igualmente, se recoge también la preocupación de que no se pueda obligar a nadie a conocer las lenguas que, entonces, se llamaban "regionales".
Es de sobra conocida la política lingüística -por llamarla de alguna manera- de Franco, la cual consistió, básicamente, en tratar de erradicar las lenguas vernáculas de los ámbitos públicos que les daban prestigio, a saber, la Administración y la enseñanza. No se prohibieron las lenguas -como a veces se dice de una manera algo burda-, entre otras cosas porque prohibir una lengua es imposible; como mucho se puede evitar su uso en ámbitos públicos, algo que se hizo con el euskera, el gallego y el catalán. Sin embargo -y coincidiendo, paradójicamente, con el final de la dictadura franquista, en esos últimos momentos en los que surgen grupos de oposición al régimen-, se empieza a asociar un prestigio a estas lenguas prohibidas o postergadas. Me refiero a que se ligan a ellas ideas de libertad o de democracia, puesto que quienes reivindican ese uso público de las lenguas muchas veces coinciden o comparten cárcel o persecución con quienes reivindican la democracia y los derechos democráticos de los ciudadanos.
De este modo -y repito: paradójicamente-, lo que consigue Franco es casi lo contrario de lo que se había propuesto: dotar a esas lenguas de un prestigio en la mente de los hablantes, lo que convierte su defensa en un factor progresista del que hasta entonces no estaban dotadas (como hemos visto, hasta entonces estaban más bien vinculadas a los sectores más conservadores de la sociedad). Así arrancan, con la Constitución de 1978 y los estatutos de autonomía, los procesos que se llamarán de "normalización lingüística", los cuales básicamente consisten, interpretados por los partidos nacionalistas, en considerar que el bilingüismo de las sociedades catalana, vasca, gallega, balear y valenciana son anomalías de la historia y fruto de una imposición, la cual, en realidad, sólo es cierta durante la dictadura de Franco. Pues bien, el nacionalismo está llamado a reparar esa anomalía que el bilingüismo se considera.
Esos procesos de normalización lingüística se inician inspirados en una idea muy singular y, desde mi punto de vista, muy insidiosa: el concepto de lengua propia. El concepto de lengua propia no aparece en la Constitución de 1978, pero sí en 1979, en los primeros estatutos de autonomía que se promulgan (es decir, el vasco y el catalán). Dicho concepto -a pesar de estar vacío de contenido porque nadie lo define ni jurídica ni políticamente- se muestra como muy seductor, e irá cundiendo en todas las autonomías que a continuación van redactando sus estatutos. A pesar de que no encontramos una definición jurídica de ese concepto hasta 1998 (¡veinte años después!), se aprobará el estatuto gallego, en el que se dice que la lengua propia de Galicia es el gallego; o el estatuto valenciano, donde inicialmente se dirá, simplemente, que valenciano y castellano son lenguas oficiales, pero donde unos años después, cuando se aprueba la ley de normalización del valenciano, se incluirá también ese concepto de lengua propia, a pesar de que, históricamente, entre un tercio y la mitad de lo que es hoy la comunidad valenciana no ha hablado nunca nada más que castellano.