Hubo un día, hace apenas seis meses, en el que Judit Carrera pensó que quizá la idea no era tan buena. Poco antes, esta alumna del último curso de Psicopedagogía, nacida en Vic hace 22 años, había decidido que —"para romper tópicos", dice— iba a hacer sus prácticas, mientras disfrutaba de una beca Séneca en la Universidad Complutense, contando cuentos en catalán a los alumnos más pequeños de alguna escuela de Madrid. Pero ese día, en septiembre del año pasado, Carrera se encontraba tumbada en un sofá de la Vila Universitària de la UAB mientras el televisor mostraba cómo algunos programas realizados en la capital se dedicaban a proclamar el advenimiento del Apocalipsis con el Estatut recientemente aprobado en referendo. Entonces se preguntó: "Dios, ¿pero dónde me voy a meter?".
En la escuela Ágora. Ella aún no lo sabía, pero iba a meterse en la escuela Ágora, un lugar que se define como "un colegio integrador" y al que escribió tras no obtener contestación a su propuesta desde varios centros de Alcobendas (Madrid). Algunas personas le habían dicho que era mejor que no intentara llevar a cabo su proyecto en un lugar como Madrid, que el momento político no era el idóneo para hablar la llengua en una escuela de la capital, que el ambiente estaba crispado, que iba a chocar con prejuicios.
DESDE BARCELONA Y EN TREN
Ninguno de esos consejos le hizo mella. Así que desde el mes pasado Carrera cuenta cuentos en catalán una vez a la semana a unos 75 niños de 3, 4 y 5 años. Ella está encantada de la acogida que le han dispensado. Padres, profesores y pequeños han reaccionado con una normalidad que parece ratificar que la crispación y los tópicos están en otra parte. Muy alejados de la gran mayoría de los ciudadanos. Carrera se apoya para su clases en diapositivas y en un muñeco. Con ustedes, Jordi.
Jordi es una marioneta de no más de 20 centímetros que viste deportivas blancas, pantalones azules, jersey con capucha verde y gorro de lana marrón. Acaba de llegar en tren a Madrid desde Barcelona y trae una mochila repleta de cuentos, que son imágenes. Los cuentos los cuenta Jordi —Carrera, en el papel de ventrílocua— y los cuenta en catalán.
Un día cualquiera en el colegio Ágora, con 25 niños de 4 años sentados en el suelo, Jordi entra y dice: "Bon dia, com estem avui?".
— Bé! —contestan los menores.
— Què hem vingut a fer? —pregunta a los niños la marioneta Jordi.
— A contar contes! —gritan los alumnos, ansiosos porque el muñeco comience la narración, que, con las diapositivas, ayuda a desarrollar la trama y puede tratar, por ejemplo, de un camaleón que ya está harto de tanto cambio de color.
APRENDER POR MAGIA
"El objetivo no es enseñar catalán —explica Carrera—, sino que los niños aprendan a analizar las imágenes y sepan que hay otros lugares de España en los que se hablan lenguas distintas al castellano". Pero los menores, como esponjas, absorben lo que escuchan. La semana pasada un alumno de 3 años que hasta entonces tenía dificultades para seguir a Jordi le dijo a Carrera que esta vez sí lo había entendido. "¿Cómo lo has conseguido?", preguntó Carrera, que habla en castellano cuando el muñeco sale de escena. "Por magia", dijo.
Explica Paloma Arribas, jefa de estudios de infantil del colegio Ágora, que cuando recibieron la propuesta de Carrera la escuela se mostró "encantada", más por las narraciones que por la lengua en la que fueran narradas. "Aquí somos muy cuentistas", dice. Hace unas semanas hubo una reunión con padres de alumnos y Arribas les contó en qué consistían las clases de Carrera. Al escuchar que los cuentos eran en catalán nadie puso ni un reparo.
"Es una actividad que se sale de lo normal. Sirve para que los pequeños sepan que existen otros idiomas y a nosotros nos da igual que sea en catalán, en gallego o en zulú", señala el secretario del AMPA de esta escuela, Ignacio Regaño.
— Digueu-li adéu-siau al Jordi —pide siempre Carrera a sus alumnos cuando el muñeco acaba el cuento.
— Adéu-siau! —gritan los niños.
O, por lo menos, gritan algo que suena muy
parecido a eso.
Existe otro Madrid
Por MARTÍ Perarnau
El colegio Ágora está en una zona tranquila de Madrid donde, si uno escarba un poco, encuentra otras muchas escuelas del mismo pulso. Bajo el rótulo del centro se lee esta frase: Aprender a pensar; pensar para aprender. Y su definición: "Creemos en la educación como la formación del individuo para la vida en un clima de diálogo y confianza", concepto que permite entender por qué Judit Carrera tiene éxito en Madrid contando cuentos en catalán. Parece excepcional, pero desde la perspectiva de quien lleva década y media viviendo en la capital no lo es tanto.
Hay otro Madrid distinto del crispado y agrio que dibuja la derecha extrema mediática. Culto, laico e ilustrado. Donde el catalán, el inglés y el zulú se catalogan como riqueza, en vez de como capricho político. Hay un Madrid oculto por el ruido y la furia, pero en el que millones de madrileños de acogida convivimos sin acritud, más allá de los avatares diarios por ganarnos la vida. La principal ocupación de los crispadores coperos es intentar evitar que ese Madrid dialogante, abierto e integrador vea la luz.
¿Un mundo utópico e idílico? No, solo la otra cara del que se alimenta de enfrentamientos, gritos y broncas. Claro que hay cafres, extremistas y lapidadores. Pero muchos menos de los que ellos quieren y dicen. Hace cinco años, en una calle paralela a la del colegio Ágora, a 200 metros, mi hijo y sus compañeros de clase dedicaron el trabajo final de curso a Antoni Gaudí. En la obra brotaron textos en catalán y hasta la declaración íntegra de Francesc Macià proclamando la república catalana. En ese teatro escolar, dos centenares de padres aplaudieron a rabiar la obra interpretada por sus hijos. Varios elogiaron que se leyeran textos en catalán. Hay otro Madrid, pero demasiado interés en ocultarlo.