Pueblos nº37 Cultura.Música
El titular de este reportaje está sacado de unas recientes declaraciones de la cantante maliense más conocida en el mundo, Oumou Sangare, orgullosa de su cultura musical ‘wassoulou’ y de ser el símbolo de la liberación de la mujer en su patria y en los países limítrofes: Senegal, Mauritania, Costa de Marfil, Guinea, Argelia y Burkina Faso. Mali es la ‘Irlanda’ africana, o la ‘Cuba’ americana. La pléyade de músicos con prestigio internacional es sobresaliente. Salif Keita, Oumou Sangare, Toumani Diabaté, Rokia Traoré, Lobi Traoré, Ali Farka Touré, Habib Koité, Bassekou Kouyaté, etc.
El río Níger, en su cuenca alta y media, es testigo ancestral a su paso por las tierras esteparias y desérticas de Mali -algo más húmedas en el Sur, en la región de Wasulu, donde nació Oumou Sangare-, del devenir de la cultura Mande, cuyas raíces germinan en la región de la sabana al Oeste de sus actuales fronteras. El imperio Mande, fundado a principios del siglo XIII por el príncipe guerrero y cazador Sunjata Keita, y su vigencia se extingue a finales del siglo XV. La canción ‘Sunjata’ es una pieza venerada del folklore malí.
La cultura Mande desarrolla tres lenguas, tres estilos musicales, tres ramificaciones artísticas: maninka, bamana o bambara y mandinka. Maninka representa el estilo clásico y a esta sensibilidad responden Salif Keita y la cantante Ami Koita, ambos nacidos en la población de Djoliba. Según la musicóloga y productora musical Lucy Durán, se define por “tempos medios, ritmos contagiosos, melodías ornamentales sobre armonías estáticas y líneas vocales dulces, flotantes sobre una escala de siete notas”.
Las melodías bamanas, siguiendo la explicación de Lucy Durán, son más austeras, tienden al tempo lento y sus figuras más conocidas son Fanta Damba, una de las primeras cantantes malienses en alcanzar el popularidad en la década de los setenta del siglo pasado. También Mah Damba y Hawa Drame. Y la rama mandinka está surcada por su instrumento estrella, la kora, de la que su máximo exponente internacional es Toumani Diabaté. “Desde la independencia de Mali -del imperio colonial francés- en 1960, los estilos bamana y maninka han creado en las ciudades de Mali -sobre todo, en su capital, Bamako-, una síntesis fundamentada en la guitarra, en algunos lugares llamada ‘bajourou’, nombre tomado de una canción de Fanta Damba en honor del rey Tutu Jara”, matiza Lucy Durán.
Jelis y Jelimusolu
¿Quiénes son los jelis? Son los ‘griots’, denominación más extendida en África para calificar a los cantantes. En Mali, jelis son hombres y jelimusolu las mujeres, y su entronque es la clase social Kouyaté. Los koujatés son únicamente músicos, bajo el mecenazgo de los hombres libres o nobles descendientes de la estirpe de Sunjata Keita y sus generales. Los jelis alaban las glorias de sus reyes, entonan cantos épicos de la cultura mande y de sus grandes héroes, son consejeros de sus mecenas, negocian en su nombre asuntos económicos y políticos, entretienen las veladas, arreglan matrimonios. Toumani Diabaté los define como “el hilo que teje”, y Jali Nyama Suso, músico gambiano de kora, reivindica su orgullo: “Puedo tener patronos, pero ninguno es mi jefe”.
La excepción más llamativa es la de Salif Keita, nacido en la clase social noble, educado para ser maestro, pero que escoge la música contra la opinión paterna. Salif Keita es albino, un lastre en África. Su determinación le obliga a ganarse el sustento en las calles y bares de Bamako, a pesar de su linaje. Entra a posteriori en la banda The Rail Band, rival de otra gran formación, Les Ambassadeurs du Motel. Hoy, los festivales Womad de Cáceres y Canarias son una referencia del mestizaje musical. En la primera edición del Womad en España, celebrada en la Plaza de las Ventas de Madrid, el músico principal fue Salif Keita. A él le debe muchísimo la fusión entre tradición africana y ritmos europeos.
Las voces van acompañadas de tres instrumentos tradicionales: la kora, que es un cruce de arpa y laúd de 21 a 25 cuerdas; el ngoni, al que algunos llaman el banjo o laúd africano, y el balafón, un xilófono de madera. La kora presenta un aspecto asombroso. Dos de sus grandes intérpretes son Toumani Diabaté en Mali y Mory Kanté en Guinea. El toque al modo occidental es vivo, más percusivo, golpeando las cuerdas, donde los hombres cantan y las mujeres forman los coros. El estilo oriental, más lento, pellizcando las cuerdas, por el contrario tiene a las mujeres en las voces principales.
El ngoni, a ojos de europeos occidentales, tiene la forma de una guitarra primitiva, obloide, de tres a cinco cuerdas, un laúd tosco cuya caja de madera es recubierta en su parte superior por una piel de animal. El gran músico actual de ngoni es Basekou Kouyaté con su banda Ngoni ba, un cuarteto de ngonis afinados en distintas tonalidades. Y, por fin, el balafón, un xilófono de 18 a 21 piezas de madera, suspendido en un marco de bambú con calabazas de distinto tamaño bajo las tablas que sirven de cajas de resonancia. Se toca, habitualmente, en parejas: uno el ritmo básico y otro la improvisación, como en Euskadi la txalaparta. Resta nombrar los instrumentos de percusión: tama, djembe y doundoun.
Vista la formación instrumental tradicional de Mali, es necesario añadir la gran aceptación y adaptación a sus modos de la guitarra, tanto en su toque acústico como eléctrico; también los vientos (saxo, trombón, trompeta) y cuerdas (violín). La línea divisora entre música acústica y eléctrica, entre música moderna y tradicional, se ha ido disipando desde los años noventa. Lo tradicional es más fácil de oír en bodas y otras celebraciones familiares, pero como dice Bassekou Kouyaté, el ngoni no se escucharía entre el bullicio de las bodas si no fuera por la amplificación eléctrica, y entre los músicos los hay de guitarras eléctricas. Lo moderno es más propio de clubes y de restaurantes, pero no excluye el uso de instrumentos tradicionales.
Grandes nombres y discos
Mencionado arriba Salif Keita, el otro gran músico de Mali es Toumani Diabaté, amante de las fusiones y del toque puro, ortodoxo. Al lado del grupo de fusión flamenca Ketama registra un álbum puente entre el flamenco aperturista y las sonoridades africanas de Mali. Obra seminal de la música étnica. Con el bluesman norteamericano Taj Mahal firma un disco soberbio, ‘Kulanjan’, una exploración sobre las conexiones entre el blues y la música del occidente africano. Guitarra eléctrica, kora, ngoni, balafón. La misma vía del recopilatorio ‘Mali to Memphis’, del sello Putumayo. El blues de John Lee Hooker, Guy Davis, Muddy Waters, entre otros, y su parentesco con Habib Koité, Rokia Traeré, Boubacar Traeré, Lobi Traoré y Baba Dian, todos músicos de Mali. El hermanamiento del blues estadounidense y las músicas ancestrales precoloniales y del ‘gran reino de Sudán’ francés en la época colonial francesa (de donde nacería Mali en 1960), tiene a otro gran exponente: Ali Farka Touré, el gran bluesman africano.
La introducción de la guitarra acústica y eléctrica queda reflejada en ‘Electric & Acoustic Mali’, del sello Hemisphere, trece nombres de la escena tradicional y moderna. El ngoni en todo su potencial tradicional, jazzístico y de blues se halla en Bamako, en los lugares que frecuenta el grupo de Bassekou Kouyaté. Su disco ‘Segu Blue’, distribuido por Resistencia, lleva la producción de Lucy Durán, la misma que coproduce el trabajo de Taj Mahal y Toumani Diabaté.
Y llegamos así a Oumou Sangare, la gran dama de Mali, respetada por los hombres, admirada por las mujeres. Pertenece al estilo wassoulou, de contenido social y musical diferente a los jelis. No alaban a reyes o héroes de la cultura e historia ‘mande’, sino que dan consejos sociales a toda la comunidad. Músicos por decisión personal, no por haber nacido en la clase de los kouyatés; canciones de caza en las voces masculinas, canciones ‘sogoninkun’ en las voces femeninas. Oumou fustiga la poligamia, defiende la libertad de la mujer, las conmina a luchar contra la opresión, contra los arreglos matrimoniales. En su último disco, ‘Seya’, también trata la emigración y el regreso a la tierra natal, porque Mali significa ‘hipopótamo’ en lengua bambara, que sale del agua cuando tiene hambre, pace fuera y regresa al agua (declaraciones de Oumou Sangare a Carlos Galilea, El País).
Este artículo ha sido publicado originalmente en el nº 37 de la Revista Pueblos, junio de 2009.
Fernando Blanco es colaborador de Pueblos.