Cuando se habla de racismo las imágenes que se
suelen asociar con el tema son las agresiones físicas
que sufren algunas personas, por parte de grupos
organizados, por el único motivo de tener un color
de piel diferente, un acento distinto o, simplemente,
por haber nacido en otro lugar. Pero para llegar a
entender por qué un color de piel, un acento o un
lugar de nacimiento pueden llegar a convertirse,
para un pequeño grupo de personas, en razones
suficientes para agredir físicamente e incluso matar,
tenemos que estar en disposición de admitir que lo
que consideramos, a primera vista, un comportamiento
racista no es nada más que la punta visible
de un enorme iceberg cuya mayor parte se
encuentra oculta bajo el agua. Lo que voy a tratar
de hacer a través de este breve texto es explorar en
ese área invisible (e invisibilizada) de los mecanismos
racistas, desde una perspectiva social.
Todo comportamiento humano es complejo, tanto a
la hora de entenderlo como de explicarlo, pero
quizá el racismo lo sea especialmente por una razón
que voy a argumentar a lo largo del artículo: se trata
de un mecanismo que casi siempre funciona de
forma oculta. Sólo las personas abiertamente racistas
emplean sus argumentos de forma explícita, aunque
después de los acontecimientos históricos que marcaron
el primer tercio del s.XX, la mayoría de las personas
hace uso de mecanismos racistas sólo si no lo
parecen. De esta forma se podría afirmar que cuando
actuamos de forma racista, por lo general, lo
hacemos sin darnos cuenta e incluso a pesar nuestro,
porque hemos aprendido a actuar de esta forma,
porque hemos institucionalizado esta manera de
comportarnos y, sobre todo, porque no estamos en
disposición de reconocer las ventajas que obtenemos
al actuar de manera racista y mucho menos a
renunciar a ellas.
El comportamiento racista se puede explorar desde
muchas perspectivas, yo voy a emplear aquí una
perspectiva de análisis social porque estoy convencida
de que prestando atención sólo a los efectos
negativos que provoca en el ser humano, es imposible
explicar por qué seguimos siendo racistas.
Desde la estructura social, sin embargo, es posible
llegar a entender (con el esfuerzo que implica
reconocer algo que no nos gusta) que los comportamientos
racistas nos reportan, aunque sea a largo
plazo (ya que su efecto no es inmediato), una serie
de beneficios, derivados de las desigualdades que
estos mecanismos justifican, que dificultan que
renunciemos a ellos y optemos entonces por ocultarlos
(sumergirlos bajo el agua en la metáfora del
iceberg), manteniendo un discurso explícito antirracista y condenando sólo las acciones de aquellas
personas que expresan abiertamente estos
motivos (la punta del iceberg, la única parte visible).
El racismo es un argumento cuya función última es
la de justificar una desigualdad, pero las razones
que se emplean no tienen nada que ver con la
desigualdad en sí, y por lo tanto no se hacen
explícitas, se presuponen. Y los argumentos que
se emplean no son individuales, sino colectivos;
es decir, no dependen del comportamiento
de una persona en
concreto sino de lo que suponemos
de ella porque pertenece a un
grupo que le asignamos;
por este motivo los
estereotipos suelen funcionar
de manera extraordinariamente
efectiva como
argumentos.
Los argumentos racistas
se sustentan bajo dos
errores simultáneos:
se basan siempre en
ideas negativas o en
carencias, y las atribuyen
por igual a todas las personas del
grupo al que se refieren (de una
forma simplificada que permita la
generalización, lo que constituye un
estereotipo): es algo que se presupone de partida
hasta que no se demuestre lo contrario, y en el caso
de que no se demuestre, no se cambia el calificativo
ni se evita la generalización, simplemente se
hace una excepción con el caso de la persona cuyo
comportamiento no concuerda con el estereotipo
negativo (“fulano es argentino, pero es muy majo,
no parece argentino”).
Los argumentos que se
emplean, en forma de estereotipos, son ideas muy
simplificadas, en el caso del comportamiento
racista, siempre negativas (también existen
estereotipos positivos, pero estos no los usamos en
las argumentaciones racistas). Se forman de dos
maneras, aunque muchas veces se produce la
combinación de ambas: bien se adquieren de otras
personas y se repiten casi sin modificar, bien se
deducen a partir de la propia experiencia, a partir
de dos o tres casos que se convierten en una idea
generalizable para todas las personas que identificamos
como miembros de un mismo grupo (del
tipo “los chinos son...” porque ha coincidido que
hemos observado en dos individuos nacidos en
China el mismo comportamiento).
Veamos algún ejemplo:
“Las mujeres que llevan velo están sometidas por
una religión machista”. Esta afirmación se repite
independientemente de que no hayamos hablado
nunca con una mujer que lleva el velo acerca de
sus razones para hacer uso de él. Esta afirmación
es un argumento racista y prevalecería incluso
hablando con una mujer velada que tratara de
desafiar esta opinión, porque creemos saber mejor
que ella por qué lleva el velo, independientemente
de que las mujeres de “nuestro grupo” se sientan
más o menos discriminadas con respecto a los
hombres, independientemente además de que en
“nuestro grupo” no nos quitemos la camisa en
público por razones parecidas a algunas de las que
tienen las mujeres que llevan el velo, e independientemente
de que entendamos que
algunas mujeres de “nuestro
grupo” lleven velo por motivos
religiosos: las monjas.
El ejemplo
contiene los dos errores: la
atribución de una idea negativa
y la generalización, pero nos permite,
además, explorar otro
argumento, el de que
aunque una mujer que
lleva velo nos argumente
en contra de la afirmación,
pensemos que “no se
da cuenta” porque nosotros
“sabemos mejor” que ella
que es víctima de una actitud
machista, aunque ella
no sea capaz de verlo.
La atribución de características negativas a
las demás personas supone siempre sólo
una cara de la moneda e implica que estamos
atribuyendo, por comparación implícita, el reverso
positivo de la idea a nuestro propio grupo. En este
sentido cualquier argumento que cumpla esta función
es válido: color de la piel, aspecto físico,
lengua, religión, sexo, orientación sexual, acento,
etc., pero es evidente que cuanto más visibles sean,
más poderosamente actuarán porque resultan más
implacables (el color de la piel, el velo).
Sin embargo, para que cualquiera de estas ideas se
emplee de forma racista, aún es necesaria una
dimensión más: el hecho de que estas características
negativas y generalizadas se utilicen para justificar
que las personas a las que se las atribuimos
valen menos y por lo tanto se merecen también
menos.
El objetivo último es demostrar lo contrario:
que “nosotros valemos más”, “que somos mejores”
y por lo tanto “nos merecemos más y mejor”. De
esta manera justificamos nuestros privilegios, pero
no los vemos como tales, ya que los concebimos
como naturales a la luz de las características negativas
de los demás. Pero la parte más perversa de
un argumento racista, y también la más invisible, es
atribuir la culpa de la desigualdad a la víctima, a
sus defectos y a sus carencias. De esta forma estamos
presuponiendo que los privilegios que como
grupo disfrutamos en la sociedad frente a otros
grupos, los disfrutamos de partida, por ser quienes
somos, pero eludimos cualquier responsabilidad
ante esa desigualdad.
Veamos algunos ejemplos:
En Madrid, por el hecho de llamar a un anuncio de
un alquiler de piso con un acento identificable
como el de un país latinoamericano, es más veces
posible obtener la respuesta “ya está alquilado”
que si se llama con un acento identificable como
“español de España”, por eso muchas veces las
personas inmigrantes acaban acudiendo a alguien
que conocen del país para que haga la llamada
por ellas.
Unos chicos que querían robar en unos grandes
almacenes, completamente conscientes de cómo
operan los mecanismos racistas aún sin entender
sus razones, se organizaron para ir en parejas en
las que uno de ellos tuviera aspecto de extranjero
y otro de “nacional”. La mercancía robada la sacaba
el español, sólo tenían que separarse en la
puerta cuando saltaba la alarma, el personal de
seguridad siempre perseguía al chico de aspecto
extranjero.
Una noticia de prensa del tipo “Boliviano
mata/roba/asalta...” es una noticia racista porque
sólo se emplea la nacionalidad en algunos casos,
pero no en todos: no se escribe “español
mata/roba/asalta...”, y de esta forma se produce
una asociación inconsciente entre el crimen y la
nacionalidad, aunque ambas variables no tengan
nada que ver.
El mercado de búsqueda de asistentas en Madrid
tiene una regla tácita: si la asistenta es española,
cobrará la hora a unos 10 euros, pero si es extranjera
se supone que va a trabajar el mismo tiempo
por 8. En la contratación de servicios de cuidado a
personas mayores ocurre exactamente lo mismo,
independientemente de la titulación que tenga la
persona, si es extranjera, se supone que va a
cobrar menos.
Cuando un chico o chica extranjero se incorpora a
las aulas en la Comunidad de Madrid, se puede
suponer que el hecho de que empiece a olvidar
su lengua de origen es un síntoma positivo que
indica que está aprendiendo con la suficiente
rapidez el castellano como para integrarse bien.
El problema es que no todas las lenguas se valoran
igual, porque cuando mi hijo ingresó en un
colegio en Madrid habiendo estado escolarizado
anteriormente en Estados Unidos, todo el mundo
pensó que su competencia en inglés era una
experiencia suficientemente valiosa que podía compensar
sus dificultades de comunicación en castellano,
de manera que siempre recibió el mensaje de
que el bilingüismo suponía una riqueza; un mensaje
muy distinto del que he visto que reciben los chicos y
chicas que vienen de China, Ucrania o Brasil. Si
alguno de estos chicos o chicas repite curso por no
tener una competencia suficiente en la lengua vehicular,
nadie se sorprende, independientemente de que
hable tres lenguas y toque el clarinete además.
Cuando mi hijo llegó de Estados Unidos nadie propuso
que repitiera un curso para que afianzara su
competencia en castellano.
¿Por qué no valen igual estas experiencias, estas
capacidades, o el trabajo que realizamos?, ¿por
qué un acento me abre más puertas que otro?,
¿por qué me cuesta menos el alquiler si soy
española y por qué me pagan más por hacer el
mismo trabajo? Porque los argumentos racistas
que circulan de múltipes formas en la sociedad,
desde los chistes a las conversaciones informales
que reproducimos, sin darnos cuenta, suponen la
aceptación de ciertas opiniones sin desafiarlas y
nos indican sutilmente que, por el hecho de
pertenecer a un grupo mayoritario, valgo y
merezco más.
Además no tengo responsabilidad
sobre esos privilegios que asumo todos los días
desde que me levanto, porque la culpa de la falsa
suposición de que otras personas valen menos es
sólo suya, tiene que ver con el color de su piel, con
sus costumbres, con la forma de hablar o de
vestirse, con su acento, con su aspecto físico, pero
no tienen nada que ver conmigo, por eso, apenas
me doy cuenta, y apenas les presto atención.