Mientras las leyes y las orientaciones oficiales otorgan un lugar preeminente a la participación de las familias en la educación
escolar de sus hijas e hijos, la realidad es de descontento, de indiferencia o de desafección desde todos los ángulos.
Por
parte del profesorado de los centros se acusa a las familias de no acudir cuando se las convoca, de interesarse más bien poco
por lo que ocurre en los centros, por el trabajo del profesorado y por el desempeño del alumnado. Por parte de las familias
el centro escolar aparece como un mundo infranqueable y hermético, del que se desconoce casi todo, con un acceso escaso
a la información, de forma que la guía principal es el recuerdo de la propia historia escolar.
Por supuesto que no es así en todos los casos y que hay diferencias sustanciales entre centros públicos y privados, entre centros
de Educación Infantil, Primaria y Secundaria, y en el interior de cada una de estas categorías, pero la percepción y la
realidad es que estamos ante una relación manifiestamente mejorable desde todos los puntos de vista.
MEDIDAS DESEABLES PARA LLEVAR A CABO LA PROPUESTA
• En los procesos de preinscripción y matrícula prima lo burocrático por encima de lo institucional y lo que debería
ser un auténtico proceso de acogida. Cuando una familia elige un centro para su hijo o hija, de alguna forma suscribe
un contrato que se pretende duradero con una institución con la que va a compartir algo muy valioso para ella:
el crecimiento y el desarrollo integral de la persona de su hijo o hija, de forma que el centro escolar se va a convertir
en un segundo hogar y el profesorado va asumir funciones de acompañamiento, autorización, orientación y control
semejantes en muchos aspectos a la tarea de los padres.
• Las familias eligen un centro escolar, no un determinado profesor o profesora, por lo que es imprescindible dar a
este encuentro un sentido institucional que en la mayor parte de los casos no se da. Las familias deben mantener
una entrevista con la dirección del centro; deben conocer de primera mano las características físicas de este entorno
en el que va a desarrollarse durante bastantes años y horas la vida de sus hijos; es importante conocer el proyecto
educativo del centro, no sólo a nivel formal (los principios por los que se guía y los grandes objetivos que se
plantea), sino también las formas concretas que se han previsto para llevarlo a cabo, responder y dar cuenta de ello;
y deben poder iniciar una relación de confianza con una institución que aprecian.
• Las relaciones entre el tutor o tutora de los hijos o hijas respectivos debe ir bastante más allá de las insulsas reuniones
de comienzo de curso, en muchos casos estrictamente formales, anodinas y repetitivas, donde se ha creado
la rutina de que los padres y las madres escuchan, piden aclaraciones, pero de ningún modo pueden verter críticas
o preguntar por la justificación pedagógica de determinadas decisiones tomadas por los centros, o proponer
iniciativas de participación familiar más interesantes y atractivas. Y más allá también de las entrevistas, que
se producen sólo cuando se dan situaciones conflictivas o el rendimiento de los hijos no es el esperado.
Estas
entrevistas no sólo deben ser a petición de las familias, también el profesorado tutor debería establecer una
corriente continua a lo largo del curso de comunicación e intercambio, con el objetivo de conocer mejor a sus
alumnos y alumnas y comprender más afinadamente sus conductas, al mismo tiempo que se puede orientar a
las familias para mejorar el estado de las cosas. Lo cierto es que la participación de los padres y las madres
depende de la información de que disponen, escasa e insuficiente, pero esta información está mayoritariamente en
manos del profesorado y de la institución, que debería esforzarse más en dar explicaciones y en someter a la consideración
y a la crítica de la comunidad escolar algunas de las alternativas tomadas o de los caminos emprendidos.
También cabría añadir que la comunicación con las familias debe buscar nuevas fórmulas y espacios, algunas más
informales, donde la relación pueda fluir con más naturalidad y eficacia.
• Ahí hay otro tema importante: la fluidez de la información. En la era de la información y la comunicación, sería
deseable e incluso obligatorio que todos los centros escolares dispusieran de una página web y que tuvieran también
los recursos y dispusieran de los medios para tenerla viva y actualizada (no debería ser una carga más para la
dirección o para el profesorado). Allí deberían estar los documentos institucionales, todos; allí debería estar el programa
previsto a desarrollar a lo largo del curso y para las distintas áreas; allí debería haber un acceso fácil a la
dirección y al profesorado; allí deberían colgarse escenas de la vida cotidiana y realizaciones significativas de los
grupos de alumnos y alumnas y algunas de sus producciones.
• También son mejorables los traspasos de información en los momentos en que los centros dan cuenta de la evaluación,
de las calificaciones y de los resultados del trabajo del alumnado.
Hay un acuerdo bastante generalizado en
considerar que las puntuaciones numéricas o las clásicas de insuficiente, suficiente, bien, notable y excelente proporcionan
una información rápida sobre el estado de la cuestión, pero no proporcionan ninguna explicación de su
significado, aplicado a las distintas competencias y saberes incluidos y trabajados dentro de cada materia, ni sugieren
cuáles pueden ser las causas de dichos resultados, ni los caminos para mejorarlos si es el caso. Los informes de
evaluación, tan denostados sobre todo por parte del profesorado, no sólo daban muchísima más información, sino
que además era información de más calidad y que daba pie a mantener un diálogo fructífero con las respectivas
familias.
Una parte del profesorado los denostaba porque hacerlos bien hechos supone una carga de trabajo importante,
pero se trata del trabajo de un o una profesional con autonomía y responsabilidad que emite un juicio argumentado
sobre el progreso y la situación de cada una y cada uno de sus alumnos, tal vez el momento en que se pone
más en juego la profesionalidad y el saber hacer del profesorado.
• Finalmente, tampoco la participación en y de las asociaciones de padres y madres es boyante. Unas veces porque
son vistas como la oposición organizada a los equipos directivos, otras porque representan el largo brazo de la
misma dirección...
Lo cierto es que su vida suele ser lánguida, sus competencias irrelevantes, más allá de las aportaciones
económicas que puedan hacer a los propios centros, siempre escasos de dinero o de la representación corporativa
que ostentan.
Los consejos escolares de centro, si la dirección de los centros no hace un esfuerzo ingente
de traspaso de información, de explicación de las decisiones tomadas y de someter a criterio público tanto la programación
anual como la memoria anual, que debería ser un auténtico ejercicio de autoevaluación y de propuestas
de mejora, son organismos que rayan la inutilidad.
• Por todo lo cual, se hace necesaria una auténtica política y una verdadera estrategia para fomentar una auténtica
participación de las familias en la vida escolar y para estimular unas relaciones vivas, enriquecedoras para todos
y todas y efectivas.