La historia recordará muchos Txillardegis. El político. El escritor. El lingüista. El que tuvo que exiliarse durante la dictadura a causa de sus ideas. Y, por supuesto, por encima de todos, el euskaltzale. Su vida ha sido fructífera.
Me cuesta imaginar cómo habría sido el euskera sin Txillardegi. Porque la creación del euskara batua se la debemos, entre otros, a Luis Michelena, a Aita Villasante y al propio Txillardegi. Sin el batua, nuestra lengua estaría dividida en cinco o seis dialectos, cada uno funcionando por su lado y tal vez compitiendo con los demás. Sin batua no tendríamos una universidad, una administración y una televisión en lengua vasca. El euskera no sería una lengua moderna, que se utiliza con toda naturalidad en la ciencia y en Internet.
Por supuesto, sin el batua, la literatura en euskera no habría alcanzado su nivel actual. Y la aportación de Txillardegi en este ámbito ha sido fundamental. Leturiaren egunkari ezkutatua, publicada en 1957, abrió nuestra lengua a los sentimientos que se expresaban en aquella época en otras lenguas del mundo. Esa novela supuso un punto de inflexión en la historia de la literatura vasca. Resulta casi imposible de creer que alguien cuya lengua materna no fuera el euskera fuera capaz de escribir en ella con tanta maestría. Desde Leturia, la literatura en euskera ha estado en primera línea.
No debemos olvidar al Txillardegi sociolingüista, el que, basándose en las teorías de Saussure, Whorf, Lévy-Strauss y Lacan, elaboró su propia teoría. Identificó el euskera con el alma vasca. Estuviera o no en lo cierto, el caso es que esa creencia se manifiesta en todas sus obras, fueran novelas, ensayos o artículos, e incluso en su gramática. A muchos de nuestra generación nos ayudó a entender que sin euskera no hay Euskal Herria.
José Luis Álvarez Enparantza ha muerto. Tal vez hayan muerto también Larresoro, Igara, Harribizketa y Goihenetxe (por mencionar algunos otros de sus pseudónimos). Pero Txillardegi siempre estará entre nosotros.